En un análisis social y económico profundo, la soltería se ha convertido en un lujo que pocos pueden costear. Vivimos en un sistema diseñado para parejas: desde los créditos hipotecarios y los planes de seguros, hasta las promociones de supermercado y las rentas de apartamentos. Analíticamente, una persona soltera paga hasta un 30% más en gastos básicos que alguien que comparte su vida. Socialmente, esto genera una presión invisible donde la decisión de no tener pareja no solo es un tema sentimental, sino una desventaja financiera impuesta por un mercado que ignora a los hogares unipersonales. La controversia surge al cuestionar si los estados y las empresas están discriminando a quienes eligen la independencia. ¿Por qué una pareja recibe beneficios fiscales que un soltero no? Mientras que para unos es una forma de incentivar la familia, para otros es un castigo al estilo de vida moderno. El poder adquisitivo de los solteros se erosiona mientras el sistema premia la convivencia, forzando a muchos a mantenerse en relaciones infelices solo por supervivencia económica. Este debate toca la fibra del poder y la autonomía: ¿es justo que tu estado civil determine cuántos impuestos pagas o cuánto te cuesta la canasta básica?
Preguntas para el debate:
¿Deberían existir leyes que protejan el bolsillo de los solteros frente a los beneficios que reciben las parejas?
¿Se ha vuelto la convivencia una “necesidad económica” en lugar de una elección romántica?
¿Es el matrimonio un contrato de conveniencia fiscal que debería ser eliminado de la legislación pública?






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