La cultura de la propina ha pasado de ser un gesto de agradecimiento por un servicio excepcional a convertirse en una imposición social que genera ansiedad en cada cuenta. Analíticamente, estamos ante un fenómeno donde el consumidor ha asumido la responsabilidad de completar el salario del trabajador, permitiendo que las empresas mantengan costos fijos bajos. Socialmente, la controversia estalla con la llegada de las pantallas de pago digital en lugares donde antes no se daba propina (cafeterías de autoservicio, mostradores, incluso tiendas de ropa), donde el sistema te obliga a elegir un porcentaje frente a la mirada del empleado. El debate en radio es un volcán: ¿Es tacaño quien no deja el 20% o es abusivo el sistema que lo exige? Los meseros defienden que es su sustento vital, mientras que los clientes se sienten extorsionados emocionalmente por un servicio que a veces es mediocre. La polémica toca el poder del bolsillo: ¿Deberíamos eliminar las propinas y exigir que los dueños paguen salarios dignos, aunque eso suba el precio del menú? En este juego de culpas, la pregunta es si la propina es hoy un acto de generosidad o una “multa” por salir a comer, donde el cliente siempre termina sintiéndose el villano de la película.
Preguntas para el debate:
¿Debería eliminarse la sugerencia de propina en establecimientos donde no hay servicio a la mesa?
¿Es justo juzgar el carácter de una persona basándose únicamente en cuánto dinero deja de propina?
¿Pagaría usted un 20% más en el precio de los platos con tal de no tener que volver a calcular una propina nunca más?






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